Presentación del seminario


Lizbeth Ahumada Y.
Guillermo Bustamante Z.

Desde que Jacques-Alain Miller se dio cuenta de que los temas de los Congresos de la Asociación Mundial de Psicoanálisis formaban grupos de tres (con una excepción que se le señaló en Buenos Aires), ahora la planeación de los temas obedece a ese esquema… primero se deduce el esquema y después se convierte en el modelo; pero, ¿qué era antes?, ¿efectos de la estructura? Así, pasado el tema sobre "El orden simbólico en el siglo XXI", propone pensar “un desorden de lo real en el siglo XXI”… y debemos prever que, pasado el Congreso respectivo, algo propondrá al respecto sobre lo imaginario.
Los tres tienen que ver —según sus palabras— con una “puesta al día de nuestra práctica analítica”. Pero, ¿acaso no está al día nuestra práctica? Tendremos que revisar esta implicación; en todo caso, en la clínica siempre aparece el contexto… una especie de enciclopedia en progreso que los pacientes traen, no que saben, sino que traen —como implicación— en sus palabras, en sus síntomas. Y “no que saben” en el sentido de que, al menos la neurosis, nos impide ser contemporáneos. En contraposición, podemos decir —con Eric Laurent— que el psicoanálisis contemporiza (nos hace contemporáneos). Entonces, si el padecimiento subjetivo enreda el cuerpo y la anécdota simbólico-imaginaria de la época, la clínica se ve obligada a ponerse al día —para volver a las palabras de Miller—. No se trata de cambiar la doctrina al son de los temas de la época. Tampoco estamos ante la interdisciplinariedad, ni ante la tolerancia a todo discurso. Lacan decía que le era muy difícil ser flexible… sabemos que mucha flexibilidad está cercana de la debilidad mental. Y, no cabe duda: la época invita a la debilidad mental.
Miller no trae a cuento esas transformaciones de época en el sentido de “estar a la moda”, no es un “estado del arte” necesario para complacer los requerimientos del momento. No. Es que esas “coordenadas inéditas en el siglo XXI” —como dice— vienen atadas a un crecimiento del "malestar en la cultura" del que hablaron en su momento Freud y Lacan, y que es la causa del padecimiento subjetivo que escucha el psicoanalista. Ahora bien, para Lacan, ninguna sociedad es mejor o peor que otra, pues toda sociedad humana es una chifladura, no hay progreso y lo peor de cada uno atisba en las grietas.
En Vida de Lacan, así como en la entrevista publicada en El caldero de la escuela de la EOL, Miller muestra un Lacan más de puertas para adentro. Por supuesto no en la perspectiva de la biografía. Un Lacan que, por ejemplo, no mira hacia atrás, prácticamente no habla del pasado. Algo de eso tiene que ver con los efectos de un análisis. Un análisis nos cura de las reminiscencias. Miller, entonces, propone “dejar atrás el siglo XX”. Y bien, ¿qué tenemos hoy que resulta necesario encarar? Desde el inicio de la modernidad, los discursos de la ciencia y del capitalismo vienen ganando protagonismo y destruyendo la estructura tradicional de la experiencia humana. Pues bien, hoy ya son dominantes y parecen haber logrado tal destrucción.
Por ejemplo, el Nombre del Padre [NdP] se resquebrajó. No es algo que nos haya tomado totalmente por sorpresa: Lacan lo previó. El hecho de que la tradición hubiera puesto el NdP en determinado lugar no quiere decir que su función no haya sido siempre la del sinthome. Por supuesto que no era fácil ver su fragilidad, dado todo lo que se le transfería. Y la doctrina pudo errar en ese punto, obnubilada por tal función. Lo señala Lacan a propósito de Freud y lanza consignas como “más allá del Edipo”, “la pluralización de los nombres del padre”, “ir más allá del padre, a condición de servirse de él”; y termina reduciéndolo a una función borromea, de suplencia a la inexistencia de la relación sexual entre los seres hablantes.
Y si el NdP anudaba, su resquebrajamiento habla de un desanudamiento generalizado: "Todo el mundo está loco", dice Lacan... Este tono del psicoanálisis, de sacudir el arbolito de navidad y dejar las ramas peladas, de entender que —como decía Freud— nuestras mejores virtudes descansan en nuestras peores disposiciones, de voltear al sujeto hacia el frente, de hacerlo contemporáneo pero para que se las arregle con sus maneras de satisfacción… proviene del invento freudiano: la pulsión. En su lectura, Lacan “pone a punto” a Freud con la época. Pero también en esa “puesta a punto” va tan lejos que, en cierto momento, la pulsión queda circunscrita en términos de demanda. De todas maneras, se trataba de volver a Freud desde la contemporaneidad de Lacan. Pero las marcas axiomáticas de Freud insisten, al punto que la vuelta implicó un desarrollo y otra vuelta y otro desarrollo. En ese movimiento vemos la transformación constante de un término clave para nosotros: lo real. Ahora bien, el hecho de que sea clave quiere decir que no es elemental, que no es monosémico a lo largo de la obra de Lacan, que es necesario tratarlo con cuidado. ¡Cuántas veces hablamos de lo real en varios sentidos antes de que termine la frase!
Los enigmas de lo real… se llamará, entonces, nuestro seminario. Es un título suficientemente ambiguo como para que piensen muchas cosas. Sabemos que el enigma está para ser descifrado. Pero si es enigma, es algo más que palabras, pues su desciframiento no lo elimina. Tiene muchos enigmas el concepto de real, en la medida en que ha tomado muchos valores, en la medida en que se han complejizado sus relaciones. La propuesta que hace Miller del tema para el próximo Congreso es todo un programa de investigación acerca del concepto de lo real (“son cosas a investigar”, dice); programa en relación con el cual traza unas cuantas líneas. La invitación es a esclarecer, no a mantener en el misterio. Pero se puede intentar sacar algo del misterio bajo la óptica pedagógica de hacer fácil lo difícil. Lacan prefería la didáctica, los efectos más que los propósitos. Bachelard le oponía a la fácil fórmula pedagógica la idea según la cual “lo que es fácil de enseñar es inexacto”. Y, bueno, el seminario de Lacan es una puesta en acto de esa verdad.
Un gran desorden en lo real en el siglo XXI, dice Miller. Pero, ¿desorden en lo real? ¿No se trataba, pues, justamente del reino de lo no ordenado, ¿no había dicho Lacan que “lo real es sin ley”? ¿No pensamos en ‘orden’ justamente a partir de lo simbólico?
Estamos jugando en los bordes, en las articulaciones de los registros… si éstas son posibles. Parece tratarse de una intuición (un saber que trabaja al sujeto) que, como es costumbre en Miller, nos invita a trabajar a todos.