La Subjetividad Hipermoderna

Jorge Assef

La subjetividad de la Época

Este sintagma que utiliza Lacan en 1953 tiene un valor interesante porque manifiesta el cruce entre el discurso social y la subjetividad, entre lo colectivo y lo individual, el párrafo es:

“Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico?” (“Función y campo de la palabra y el lenguaje” en Escritos 1, Siglo Veintiuno Editores, Bs. As., 1988, p. 309.)

Básicamente diremos que cuando un sujeto construye su historia, privilegia un modo de narración por sobre otros, abrocha en determinado punto un discurso sobre sí mismo, se identifica con determinados modelos desestimando otros. En ese proceso (que no excluye la contingencia) el sujeto se inscribe en un orden simbólico que excede lo individual y esa es la razón por la que Miller dice:

“A nuestra clínica llegan los significantes que el discurso social selecciona para identificar a los sujetos. Y vemos a los sujetos inclinar la cabeza, aceptando los significantes [...] Esto hace depender [...] la clínica de la sociedad. Y la pareja ‘clínica y sociedad’ se nos impone en la medida en que no hacemos de la clínica un término intemporal” (Miller, J-A. y Laurent, E., El Otro que no existe y sus comités de ética, Paidós, Bs. As., 2005, p.9.)

Hagamos un salto en la enseñanza de Lacan, del ’53 al ’68, en aquel momento Lacan construye los Cuatro Discursos. Lo que Lacan quiere demostrar, y sobre todo si tenemos en cuenta el discurso del amo -que es el que introduce claramente la cuestión– es que el lazo social es significante, es decir, que el poder pertenece al registro significante. Por eso cuando Miller se pregunta ¿qué es la sociedad? concluye: “Lo simbólico” (Miller, J-A.“Un esfuerzo de poesía”, Clase del 05/03/03, París, inédito).

La advertencia de Laca en 1953 alude exactamente a esto, que en el discurso del amo que organiza el discurso social están los significantes que constituyen las subjetividades de una época, y al psicoanálisis le cabe la responsabilidad de interpretarlos en tanto

“Tiene en cuenta a la vez el campo del Otro, el discurso del amo, la política y las identificaciones sociales; las acoge, y al mismo tiempo las cuestiona, por el hecho de que apunta a un estatuto de sujeto anterior a esa captura. el psicoanálisis intenta despejarlo del fading identificatorio.” (Miller, J-A., El Otro que no existe y sus comités de ética, op. cit. p. 10.)

Aclaremos que cuando hablamos de “campo del otro” hacemos referencia al discurso social, pero esto no quiere decir que el discurso social sea unívoco, es decir que el “campo del otro” no hace Uno, si no que es plural; en segundo lugar, cuando hablamos de identificación a los ideales, a los significantes-amos que el otro ofrece, no queremos decir que esa operación sea exacta y automática, el sujeto debe consentir a ellos, por eso Miller explica:“un análisis pone en cuestión, hace tambalearse el consentimiento del sujeto a la identificación.

La responsabilidad, en este caso, apunta a lo que Lacan llama“posición del sujeto”, es decir que, sea cual fuere la voluntad del amo, no hay identificación salvo que haya consentimiento. Entonces, ¿bajo qué coordenadas podemos hablar de subjetividad de la época, si el discurso del otro es plural, y el sujeto puede o no consentir a él? bajo la idea de hegemonía, el vector que organiza esa pluralidad.

Aquí aparece uno de los semiólogos contemporáneos más importantes, Marc Angenot quien habla justamente de discurso social ya que se quiere resaltar el poder de ese vector organizador que es la hegemonía, con ello define una posición epistemológica:

“[...] implica que por sobre la diversidad de lenguas, de prácticas significantes, creemos posible identificar, en todo estado de sociedad, una resultante sintética, un campo interdiscursivo, de maneras de conocer y de significar lo conocido que es propio de esta sociedad, que sobredetermina la división de los discursos sociales: esto es lo que, desde Antonio Gramsci, llamamos una hegemonía”. (Angenot, M., Interdiscursividades, de hegemonías y disidencias. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, 1998, p. 75.)

Bien, tenemos una primera aproximación al concepto de“Subjetividad de la época”: significantes-amos, identificación, ideales, todos estos elementos constituyen el hueso de la cuestión pero aún hay que sumarle el goce, ya que como explica Miller: “La pulsión empuja al campo del Otro, que se extiende hasta el campo de la cultura donde se inventan los semblantes, los modos de gozar –entonces– Lo que pasa en el campo del Otro incide en las condiones de goce pulsional” (Miller, J-A., El Otro que no existe y sus comités de ética, Op. Cit., p. 373).

No desarrollaremos aquí la genealogía del concepto de goce según los diferentes tiempos de la obra de Lacan, concentrémonos 1968, en este momento Lacan explica que como el goce originario, el goce como tal, está perdido, sólo nos queda el plus de goce, o el goce como producto, el objeto a, con el cual el sujeto dividido intenta taponar su falta en ser, recuperar algo del goce perdido, conseguir la satisfacción de lo que llamamos pulsión. El plus-de-goce es un suplemento, una ganancia de goce que se produce después de la pérdida.

Pensar el objeto a como plus-de-goce tiene su incidencia en la amplificación de la lista de objeto a, pudiéndose encontrar este suplemento en una enorme variedad de objetos sublimatorios sustitutivos de goce, objetos de la cultura, productos del desarrollo industrial, objetos intercambiables, de consumo, etc. Pero además hay que decir que Lacan advierte y lo enuncia en 1972, que en el lenguaje mismo ya hay goce, por lo tanto sostiene que también se goza hablando. De modo que todo el aparato significante también es, en definitiva, un aparato de goce.

Para ejemplificar cómo el discurso y el goce se articulan en la construcción de la subjetividad, el modo en que esta construcción puede funcionar como un proceso social que enlaza lo individual con lo colectivo, Miller, en El Otro que no existe y sus comités de ética, recurre a la historia del uso del opio que hizo el Imperio Británico en oriente durante el siglo XIX.

Se trata del conflicto que surgió con el establecimiento de las Compañías Británica y Holandesa de Indias Orientales, cuando el comercio con China se multiplicó. en ese momento, Gran Bretaña debía pagar con plata, el té, la seda, y la porcelana que le compraba a China y su demanda crecía permanentemente, mientras China no manifestaba ningún interés en las mercancías británicas. Esta situación provocó un gran déficit comercial para la primera potencia marítima del planeta, que encontró como estrategia exportar ilegalmente opio a la China desde la India Británica.

De esta manera, el comercio del opio fue creciendo desde el siglo XVIII al tiempo que el flujo de plata hacia China comenzó a reducirse, finalmente el emperador Yongzheng prohibió la venta y la costumbre de fumar opio en 1829 a causa del gran número de adictos y le escribió incluso una carta a la reina Victoria explicándole la epidemia desatada a partir de la política comercial británica. Los comerciantes británicos fueron expulsados de China y al llegar a Londres se quejaron ante su gobierno, el cual decidió atacar al país oriental con el fin de obligarlo a comprar el opio cultivado en la India Británica. Esta fue la primera guerra del opio, librada entre la Compañía Británica de las Indias Orien- tales y el Imperio Qing de China entre 1839 y 1842. Las tropas chinas perdieron y al rendirse China se vio obligada a ceder, entre otras cosas, el territorio de Hong Kong.

Miller dirá entonces que este episodio muestra claramente lo que podría ser la dominación por el síntoma, y concluye: “Desde el punto de vista del amo, lo mejor es inspirar, difundir, promover un síntoma” (Miller, J-A., El Otro que no existe y sus comités de ética, op. cit. p. 373.)

De este modo, el síntoma, tal como lo plantea Miller en este ejemplo, incluye por un lado, el registro de lo real, es decir la satisfacción de la pulsión, el goce, y por el otro, el registro simbólico, el orden del discurso, los S1 del campo del otro. Además, Miller no toma un síntoma individual, sino que toma como ejemplo una epidemia, un síntoma generalizado de una comunidad. Lo que demuestra el autor con esto es precisamente cómo el discurso del amo –a saber, el hegemónico– puede promover una práctica social que genera síntomas individuales (adicción a un alucinógeno), y que en su generalización termina convirtiéndose en una modalidad de gozar comunitaria, es decir, constituir una subjetividad en cierto modo “compartida” en un lugar y un tiempo determinado.

El opio en China había sido introducido por los españoles un siglo antes, es decir que en principio su consumo existía ya en ese país, había una especie de disposición a esa costumbre, asentada, a su vez, en hábitos tradicionales de la cultura. Lo que los comerciantes y los ejércitos victorianos hicieron fue facilitar ese consumo, promover este síntoma sistemáticamente y de un modo sostenido en el tiempo provocando una epidemia social.

Este es un ejemplo didáctico que, aunque en cierto sentido elude la complejidad del proceso hegemónico, nos sirve entonces para pensar de qué manera es posible hablar de una “subjetividad de la época”.


Hipermodernidad

En 1979 Jean François Lyotard publica La condition posmoderne, cuyo título era una directa referencia a la obra de Hannah Arendt La condición humana, donde la autora explica cómo los seres humanos crean de continuo sus propias y autoproducidas condiciones que, no obstante su origen humano y su variabilidad, poseen el mismo poder condicionante que las cosas naturales.

La posición que toma Lyotard al elegir aquella categoría de Arendt es fundamental, porque de este modo se previene de enmarcar su propuesta en determinismos, o de intentar agotar la cuestión de la posmodernidad en su hipótesis. Por el contrario, Lyotard con la categoría de “condición” hace referencia más bien a un marco, cierta sensibilidad que condiciona a los sujetos de una época. El libro de Lyotard se convirtió en un clásico sobre el tema; definía la posmodernidad como

“[...] el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos”. (Lyotard, J-F., La condición posmoderna: informe sobre el saber, Cátedra, Madrid, 1989, p. 9.)

La crisis que advierte Lyotard se emparenta con lo que Lacan venía anunciando desde uno de sus primeros escritos, La Familia: “Nuestra experiencia nos lleva a situar la principal determinación de esa gran neurosis contemporánea en la personalidad del padre, siempre carente de algún modo, ausente, humillado, dividido” (Lacan, J., La Familia, Axis. Arg. 1975. P.72)

Aquello que luego llamamos la caída del Padre, o del NP, también es lo que llevó a Miller a proponer como título de uno de sus seminarios “El Otro que no existe” advirtiendo el rasgo de nuestro tiempo.

Ahora bien, Gilles Lipovetsky, luego de haberse ocupado de desarrollar la idea de posmodernidad popularizándola como “La era del vacío”,considera actualmente que este concepto ya no da cuenta de la realidad de nuestros días, pues servía para describir la década del 80, una década de relativa tranquilidad, en la que lo importante era solo el hedonismo del presente, refiriéndose por supuesto al contexto europeo desde el cual habla.

En esta línea de pensamiento, el autor propone una nueva denominación para nuestra era: le llama hipermodernidad. Además, el autor agrega que esta era se caracteriza por tres factores propios de la modernidad potenciados: el individualismo hedonista; el mercado, que se convirtió en la globalización extrema; y la tecnología, que llegó a límites impensados.

En otro orden de cosas, Lipovetsky explica que otro modo de ver los cambios culturales contemporáneos, es interpretándolos como una “Norteamericanización extrema del mundo”. “El american way of life hoy es nuestro modo de vivir. el consumo, la televisión, los jeans, el pop, el rock, son nuestra vida cotidiana como europeos”. (Lipovetsky, G., entrevista publicada en el diario La Nación, 03/04)

De este modo, si reunimos lo explicado anteriormente, la referencia a la posmodernidad o a la hipermodernidad no es pensada como un marco de tiempo, sino, volviendo a Arendt, como una condición, un estilo y un contexto social, político, económico, cultural.

En este punto, seguimos a Lipovetsky al decir en su libro Los tiempos hipermodernos:

“Retomé la noción de posmodernidad pero de una manera muy pragmática, no del todo teórica, menos aún filosófica, simplemente como un instrumento que permite marcar una ruptura, un aggiornamento histórico en el funcionamiento de las sociedades modernas. Lyotard definía la posmodernidad por la crisis de los fundamentos y el declive de los grandes sistemas de legitimación. esto es justo por supuesto pero no absolutamente [...] faltaría mostrar que algo se recuperaba, se restituía en las nuevas referencias y modos de vida”. (Lipovetsky, G., Les temps hypermodernes, grasset, paris, 2004, p. 80.)

Podríamos pensar con Lacan que eso que se recupera es el plus-de-goce.

Lipovetsky trata de cernir mejor la categoría que está buscando conceptualizar, a la que explica como una segunda modernidad desregulada y globalizada, sin contrarios, absolutamente moderna y que reposa esencialmente sobre el trío axiomático que constituyó la modernidad misma: el mercado, la eficacia técnica y la primacía del individuo. Sin embargo, esta tríada se ha desarrollado de un modo extremo, constituyendo una modernidad “acabada”.

En su análisis, aclara que para pensar el exceso como figura de la hipermodernidad son necesarias tres referencias: Marc Augé, Jean Baudrillard, Paul Virilio. Básicamente podemos decir de estos tres autores:
  • Marc Augé, antropólogo famoso por la creación de la categoría“No-lugar”, plantea que el mundo contemporáneo experimenta una fuerte transformación en relación al tiempo, específicamente con el aceleramiento de la historia debido a que los hechos apenas ocurridos ya se transforman en historia. Para Augé la época se caracteriza por una superabundancia de acontecimientos, sobre todo a partir de la superabundancia de información disponible y del sobredimensionamiento de sentidos; la novedad es que se experimenta explícita e intensamente la necesidad cotidiana de darle algún sentido a los hechos del presente y del pasado para rescatarlos de la superabundancia de acontecimientos. A partir de aquí, Augé caracteriza nuestro tiempo como “Sobremodernidad” a partir principalmente de tres excesos: la superabundancia de acontecimientos, la superabundancia espacial y la individualización de las referencias.
  • Paul Virilio, arquitecto y filósofo, se dedicó a investigar principalmente el desarrollo de las sociedades urbanas dentro del sistema tecnológico avanzado, donde la velocidad, la información y las redes juegan un papel preponderante. El aporte de Virilio en este punto es que, un recorrido por las guerras de occidente, permite deducir los alcances que ha tenido el desarrollo de las estrategias bélicas en tanto factor político que generó efectos al conjunto de las actividades sociales. En el caso de la nueva guerra el que gana es el que logra mayor velocidad (cita el ejemplo de la estrategia del ejercito ingles usada en la segunda guerra mundial, estrategia denominada “Fleet in being”). Pero Virilio habla de una “hipervelocidad”, una velocidad tal que haga invisibles a los cuerpos, insituables, los cuerpos nunca ocupan un lugar porque su velocidad de desplazamiento supera a su propia materialidad.
  • Jean Baudrillard estudia el fenómeno de lo que él designa como“hiperrealidad”. este fenómeno contemporáneo consiste en la saturación del espacio, del conocimiento, de la vida en general, con el fin de suplir cualquier ausencia. Baudrillard caracteriza nuestro tiempo como un momento donde lo real no se borra a favor de lo imaginario, sino a favor de lo más real que lo real: lo hiperreal. más verdadero que lo verdadero, esto según, el autor, lo que finalmente consigue es una simulación de la realidad.

Entonces a partir de estos tres autores Lipovetsky finalmente anuncia en el año 2004: “La posmodernidad solo ha sido un estadio de transición, un momento de corta duración, que ya no es el nuestro –y propone una nueva denominación para la época que vivimos– hipermodernidad” (Lipovetsky, G., Les temps hypermodernes (2004), Grasset, Paris)

Ahora bien, la tesis que Lipovetsky parte de una pregunta: ¿cuáles son las fuerzas histórico-sociales que nos han traído hasta la Hipermodernidad?; explica, con una respuesta que intenta ir más lejos que la tesis de Jean-François Lyotard ya que no ve la clave en las catástrofes de la modernidad, ni en la ruina de las “metanarraciones”, ni en las desilusiones y las decepciones políticas. Para Lipovetsky la clave está en el hecho de que

“[…] hubo simultáneamente nuevas pasiones, nuevos sueños, nuevas seducciones que se manifestaban una y otra vez [...] allí está el fenómeno que nos cambió. Con la revolución de la vida cotidiana, los grandes y profundos cambios en las aspiraciones y modos de vida impulsados por el último medio siglo nace nuestro presente sagrado, [...] en el corazón del reordenamiento del régimen del tiempo social: el pasaje del capitalismo de producción a una economía de consumo y de comunicación masiva, el relevo de una sociedad rigurosa y disciplinaria por una‘sociedad-moda’, para colmo, reestructurada desde el fondo por las técnicas de lo efímero, de la renovación y la seducción permanente” (Lipovetsky, G., Les temps hypermodernes (2004), Grasset, Paris).

Es interesante que el psicoanálisis por su lado también venía advirtiendo que para entender a nuestro tiempo había que dar un paso más allá de lo que se llamó “La caída del Padre/Otro”, en este punto fue Lacan mismo quien dio ese paso, posiblemente adelantado a su propio tiempo anunció el ascenso del objeto al cenit social, o sea el imperio del plus-de-goce.

Aquí se produce un encuentro entre la tesis de Lipovetsky y el psicoanálisis, encuentro que sella Miller cuando enuncia: “Hay una frase de Lacan que [...] señala el ascenso al cenit social del objeto a. [...] esta frase de Lacan señalaba que se ha levantado un nuevo astro en el cielo social, [...] entonces, de golpe me preguntaba si el objeto a no sería, ¿cómo decirlo?, la brújula de la civilización actual. ¿Y por qué no? tratemos de ver allí el principio del discurso hipermoderno de la civilización” (Miller, J-A., Curso“Un esfuerzo de poesía”, clase del 05/03/03, Paris. Inédito)


La Subjetividad Hipermoderna

Esclarecidas entonces las dos categorías preliminares podemos avanzar sobre la caracterización de lo que llamamos “Subjetividad Hipermoderna”.

Estamos advertidos que hacer un recorte temporal de una época y enmarcarla en una clasificación específica es siempre un recorte arbitrario de una serie de factores, y reconocemos los límites que estas clasificaciones entrañan, por eso nos apoyamos en el categoría de “Condición”, a partir de allí podemos afirmar que nuestra época promueve ciertas “condiciones” (Arendt-Lyotrad), hablamos entonces de una “Condición Hipermoderna” que enmarca la vida de los sujetos contemporáneos, promoviendo ciertos síntomas, conductas, modos de sentir y pensar, de gozar, de construir identidades, determinando así lo que llamamos la Subjetividad Hipermoderna.

Lo que explica Miller, siguiendo a Lacan, es que asistimos a un tiempo en el cual el plus de gozar ha subido al lugar dominante, produciendo un pasaje del Discurso del Amo Antiguo al Discurso Capitalista.

Entonces, mientras el discurso del amo antiguo generaba una pérdida y la división del sujeto, el discurso capitalista a través del imperativo a recuperar siempre un poco más de goce a través del consumo por ejemplo, intenta siempre, recuperar la pérdida y así suturar la división subjetiva. este movimiento destruye el lazo social, condición del discurso, porque para efectuarse no requiere pasar por el otro y así, produce una desregularización de goce por la falta de barrera entre el sujeto dividido y el objeto a. De este modo, el sujeto quedaría bajo la primacía superyoica que empuja a gozar cada vez más: es decir.

Podemos pensar que la gran novedad de la hipermodernidad es lograr sustituir lo que Lacan llamó objeto a –causa del deseo– por una ficción renovada de lo que vendrá a colmar la falta en el sujeto. El nuevo amo universal es el del mercado, y ese amo no es un amo regulador de lo simbólico, sino que permite que lo simbólico estalle en múltiples discursos amos; el enjambre, a río revuelto el principal ordenador es el S1 de la ley de mercado, el mundo funciona porque la cadena de consumo no se corta, y el pánico contemporáneo se ordena en torno al pánico por las crisis económicas.

De este modo, el psicoanálisis a través de Jacques-Alain Miller se suma a la definición epocal de Lipovetsky, ya que ambos en su tesis coinciden en que el eje que orienta el discurso social de la época actual es, como anunció Lacan en los años 70, “el ascenso del objeto al cenit social”.

Finalmente podemos mencionar cuatro factores que determinan la Condición hipermoderna influyendo directamente en la construcción de subjetividades:

  1. La pluralización del S1, y la primacía de la ley de mercado como dominante de la discursividad social.
  2. El ascenso del objeto al cenit, y su consecuente efecto de politoxicomanía generalizada.
  3. La prevalencia de la imagen, que instala el orden escópico como determinante en la construcción de subjetividades.
  4. El empuje al goce, que introduce una escalada hiperbólica en la búsqueda de satisfacción, novedosa e intensa, promoviendo la ley del superyó contemporáneo: debes gozar.
Estos cuatro ejes merecen un desarrollo propio en si mismo, cada uno de ellos, pero a grandes rasgos con el recorrido que hemos hecho hasta acá se pueden comprender en su generalidad, queda la puerta abierta para seguir investigando.