Líneas de investigación




El texto de la propuesta temática de Miller para el próximo Congreso de la AMP es un extenso programa de investigación que nos invita a pensar el estatuto de nuestros conceptos y de nuestra clínica… y ello a partir de las escansiones del pensamiento occidental en 25 siglos.
Una matriz disciplinar tiene al menos una axiomática y una gramática; o sea: de un lado, unos puntos indemostrables de los que se parte (afirmativos)… lo cual no quiere decir que no se puede volver más adelante sobre ellos, pero eso ha tardado en algunos casos un par de decenas de siglos; así, en sentido axiomático, se refiere Freud al concepto de pulsión en la Metapsicología. Y, de otro lado, unas reglas del juego que, por supuesto, pueden cambiar en función de su puesta a prueba; es el caso, por ejemplo, de leer el “no” como una afirmación de lo inconsciente.
Ahora bien, para que la actitud que queda materializada en la matriz disciplinar parezca ser descriptiva, contra otras que no lo parecen (y que lucen como supersticiosas, por ejemplo), tuvo que haberse impuesto una pragmática, es decir, un tipo de lazo social. En el recorrido de Miller vemos que eso no va de suyo y que ha habido movimientos fuertes, duraderos, que han dado lugar a maneras de hablar de las cosas. Si esto es así, se hace necesaria una cierta postura para que un saber tenga lugar. Tal vez era lo que Freud traía a cuento con la idea de los golpes al narcisismo humano: no se trata de mero rigor, se requiere —en los ejemplos que él pone— al menos de valor para atentar contra la auto-representación de los humanos (lo cual costó no pocas vidas). En el caso específico del padecimiento humano, no se lo puede tratar “rigurosamente” con sólo ser riguroso; vemos que también se le puede aplicar la estadística de manera juiciosa y no por ello se lo ha tratado en su especificidad. El psicoanálisis, además, nos ha permitido entender que el camino del saber es forzosamente un camino de satisfacción pulsional, de manera que bajo el rigor y la postura hay que preguntarse por la modalidad de satisfacción que tiene lugar. Y ya con esto se impone la duda, pues —como dice Freud— estamos tentados a considerar como falso lo que nos causaría displacer aceptar como cierto… y, ¿acaso estos regímenes de saber no andan por ahí discriminando lo falso y lo cierto?
Y, ¿finalmente?, tenemos el asunto de si el registro de nuestras explicaciones es isomórfico con el registro propio del flujo de los acontecimientos; y ello en varios sentidos: primero, si es cierto que “Hay más cosas entre el cielo y la tierra que las que sospecha tu filosofía”, como le dice Hamlet a Horacio; y, segundo, si hay algo que se resiste a la simbolización, si algo queda, después de todo, o si sólo tenemos convención. Y, bueno, ¿qué implicaciones tiene este resto —si lo hay— para la pragmática, la axiomática, la gramática, la postura, la satisfacción?
Según el convencionalismo, todo es contingencia y al final no hay necesidad; lo que se percibe como necesidad no sería más que una reificación cultural. Para el determinismo, la contingencia en gran medida sería el nombre de nuestras limitaciones, de nuestros obstáculos (y, entonces, los hallazgos de la ciencia le van restando campo a lo contingente… es la idea de azar con minúscula); claro que también, en alguna medida, lo contingente sería una forma de ser del objeto de investigación; es lo que se encontró a finales del siglo XIX con la termodinámica (y a esto ya no se le puede restar espacio, pues no provendría de nuestras limitaciones, sino que sería algo propio del objeto… es el Azar con mayúscula). Por lo tanto, esto no desanima a la ciencia: al contrario, ella busca formalizar una naturaleza estocástica. La estadística, por ejemplo, se autodefine como la “medición de la incertidumbre”; así mismo, hay teoría de los juegos, ciencia del Azar… todo lo cual parece un oxímoron.
Hay una tercera postura para la que, en tanto está regida por la conveniencia, el dilema entre necesidad y contingencia no es importante. Y está la que define Miller en el seminario Sutilezas analíticas: se trata de considerar efectos necesarios de una contingencia; es la postura que podemos llamar estructural del psicoanálisis: no concibe el lenguaje como necesario, pero tampoco piensa que sus efectos sean meramente convencionales. Ahora bien, cada sociedad se las tiene que arreglar con eso y, entonces tenemos, con pesos específicos en cada caso, un sistema de elucubraciones, por un lado, y algo que se queda por fuera de dicho sistema cada vez; es un punto a disposición para cada uno que, a su vez, se las tiene que arreglar con eso.
Así las cosas, podemos ser cuidadosos con los conceptos y, de un lado, cifrar en ellos todas las esperanzas (más de las que son capaces de albergar); o, de otro lado, estar advertidos de las condiciones en las que han surgido como respuestas. Claro que también podemos ser descuidados con los conceptos y con las condiciones donde surgieron… y ninguna adscripción nos libra de esta posibilidad. No es un asunto de propósitos, sino de lo que somos capaces de hacer existir al respecto. No te habrá de salvar lo que dejaron / escrito aquellos que tu miedo implora / no eres los otros y te ves ahora / Centro del laberinto que tramaron / tus pasos... [Borges].


Mientras el anclaje de la posición determinística es la realidad, la posición convencionalista tolera la idea de un anclaje provisorio mientras cierto sistema de veridicción esté vigente. Es un anclaje paradójico, pues una nueva reificación lo hace caer e impone otro. A largo plazo, no hay anclaje (¿no es esta la manera como se genera a la larga cierto cinismo en esta postura?). Y, para el psicoanálisis, el anclaje es algo que no deja de estar ahí: lo pulsional. Pero, ¿cómo puede esta postura escapar a las reglas sociales que rigen la asignación de verdad?
Todas las posturas, como dijimos, generan sus sistemas explicativos. Y, en el caso de las disciplinas que buscan una formalización, esos sistemas incluyen categorías. En nuestro seminario tenemos una categoría: lo real. Como decíamos en la presentación del tema, a veces antes de terminar una frase ya hemos usado esa categoría con varios sentidos… y eso se llama inconsistencia, lo cual le resta toda fuerza al concepto. Claro que las categorías no son estables… mostrarlo es un poco el esfuerzo que hace Miller en la conferencia. Pero hay que estar advertidos; hay que avisar en qué sentido va la cosa y para qué.
También tenemos que vérnoslas con la idea (no necesariamente el concepto) de “realidad”. Y, como sabemos desde Freud, este asunto no va sin la pregunta subsecuente: realidad, ¿para quién? Esto hace emerger de inmediato asuntos a los que estamos acostumbrados a responder también con conceptos como yoOtrosujetoSsS. Y todo esto no deja de estar marcado de alguna manera por las maneras sociales de abordaje, sin desmedro de nuestro anclaje pulsional: ¿siempre ha habido yo?, ¿podemos hablar de sujeto en todos los momentos históricos? Ahora bien, esto parece requerir una periodización histórica y justamente vemos unas alusiones en Miller: la Grecia clásica, el mundo católico antiguo, el medioevo, la modernidad, el siglo XXI.
¿Qué quiere decir que lo real vuelva al mismo lugar?; ¿no hay algo de eso en un registro simbólico auto-referencial por definición? ¿Qué quiere decir que el significante aparece en lugares inesperados?; ¿no hay algo de eso en la singularidad que escapa a la posibilidad de nominación? De otro lado, la apariencia de regularidad en la naturaleza, ¿se continúa en la detección que hizo la ciencia de leyes en la naturaleza? Y la sujeción del “orden humano” al ordenamiento de la naturaleza, ¿no está presente en la detección científica de leyes para la vida social?
¿Qué tiene que ver la idea de Ley en psicoanálisis con el mantenimiento de un orden, o sea, con el esfuerzo (encarnado por la religión en cierto momento, pero que hoy puede estar encarnado en los comités de ética) por lograr que algo se preserve de ser tocado, que haya un velo?