Nota sobre el racismo en el siglo XXI

Juan Carlos Indart

(Presentado en el "Coloquio de la Extimidad", el pasado 2 de diciembre de 2010, en Buenos Aires, con referencia al libro Extimidad de Jacques-Alain Miller. Publicado con autorización del autor)


En y para la Argentina se forjó la expresión “crisol de razas”, dado el enorme proceso de integración producido en ella a partir de grandes y diversas corrientes inmigratorias. El observador estelar imaginado por Lacan seguramente hubiese visto esas necesidades de evasión de singulares efectos[1], incluso proseguidas por algunas de esas comunidades rumbo al entonces muy deshabitado interior del país. Pero el grueso tuvo que apretujarse, y mucho, siendo el hecho que, no sin chistes hostiles y sainetes, se produjo una mezcla grande...suficientemente pacífica. Para el sociólogo Alain Touraine valía la pena estudiar nuestro caso como un modelo. Por supuesto, bajo la misma mirada sociológica, puede criticarse el “crisol de razas” como ideología dominante oficial que vela la existencia, en Argentina, de mucha y variada discriminación racial, leída a su vez, se lo diga o no se lo diga, como manifestaciones de la lucha de clases y su ‘sentido de la historia’.
Ahora bien, esa lectura es hoy predominante en el país, con sus valores a respetar, pero creo que desde ahí es imposible comprender a qué se refiere Lacan al profetizar una escalada del racismo, como es imposible ponderar en cuánto ya se verifica también entre nosotros su caldo de cultivo y sus crecientes brotes.
Conocemos la profecía de Lacan porque Miller le pregunta por ella, recibe la respuesta por escrito, y se imprime en 1974 en el texto titulado Televisión. Miller le pregunta por qué está tan seguro de profetizar la escalada del racismo, y le pregunta por qué diablos decirlo[2].
Aquí estamos reunidos como parte de la raza de los intelectuales, por impura que la misma nos parezca y aunque se cuele racismo también entre nosotros, porque esas dos preguntas son lo que tenemos que pensar, y desplegar, racionalmente.
No estamos solos.
En primer lugar, está la respuesta de Lacan.
A esa respuesta, desde ya, no se la comprende. Hay que leerla, y eso es costoso. Lo seguro es que nada anunciaba en 1973 una predicción semejante, pero hoy está verificada, y se oye el clamor creciente del racismo, el fundamentalismo, el odio a los inmigrantes, el enorme proceso de segregación visible e invisible por el que los agrupamientos se constituyen en el temor y el rechazo de unos para con otros, los cercos, los tabiques, los cerramientos, las zonas exclusivas, dentro o fuera de la ley, igualmente visibles o invisibles.
Miller se divierte sugiriéndonos que leamos esa respuesta como quien sondea a Nostradamus, para enseguida señalar muy seriamente que se trata de las fórmulas de una lógica infernal: la que hace que la universalización no pueda sino engendrar segregación.[3]
Es eso y punto. Es eso lo que entrevió Levi-Strauss a comienzos de 1950, con una respuesta que en mis delirios juveniles sólo pude llamar ‘la pena de Levi-Strauss’, porque era la mía propia. Y es eso lo que entrevió Lacan en 1949, con una respuesta que en esos mismos delirios llamé ‘la alegría de Lacan’, porque también era la mía. Los delirios juveniles son más simpáticos que los de los viejos. Para delirar ahora digamos que no progresé nada. El oscuro e idiota goce singular que me habita no me da para el tema que nos convoca sino dos semas alternantes y repetidos: melancolía y paranoia.
Por eso es mejor aferrarse a la lógica, porque ese goce a veces se deja escribir un poco, con una indiferencia semántica absoluta, admitiendo así en los hechos y sin decirlo que puede haber otro goce que no es él, y que él no lo sabrá.
Así, en segundo lugar, tenemos dos grandes despliegues de la profecía que merecerían ser llamados ‘teoremas’, por el rigor de lo que deducen a partir de las nuevas fórmulas de Lacan. ‘Teorema’ podría ser una palabra para una querella inútil con el discurso de la ciencia. La quitamos. Pero que el lector de esos argumentos sepa, si es de la raza de los intelectuales, que el compromiso racional que esos despliegues impone le hará sentir cuál es el borde de su razón con una ética que no le vendrá del discurso de la ciencia y su humanismo de vacía eternidad.
El primer despliegue de una razón más allá del discurso de la ciencia en cuanto a la escalada del racismo se lo debemos a J.-A. Miller.
Y el segundo se lo debemos a J.-C. Milner.
La deducción de Miller se despliega mucho, si no toda, porque es sensible a una prudencia analítica, en la lección de su curso Extimidad que hoy nos convoca, dedicada al racismo.
No tiene sentido que aquí despliegue lo que me ha hecho pensar.
La EOL debería abrir un espacio para la lectura de ese teorema.
El modo de presentar cómo para el psicoanálisis se fabrica el Otro, por qué el goce no podría garantizarlo, por qué el goce es lo real del odio al Otro que está dentro de uno, por qué es esa la definición del racismo, por qué no podemos coincidir con el humanismo de los Derechos del Hombre Universal, por qué el discurso de la ciencia es imputable de racismo, por qué el psicoanálisis es el síntoma de ese síntoma, son todas preguntas que requieren de lectores estudiosos.
Lector estudioso no es mala expresión para presentar la deducción, igualmente infernal, de J.C. Milner.
Soy muy sensible a ella, porque en ocasión de una publicación argentina, cordobesa, que en el siglo XX se titulaba El psicoanálisis en el siglo XXI, le entregué dos reflexiones: una sobre la familia, y el límite a considerar sobre su extinción a partir del racismo, y otra sobre las tumbas y su extinción a partir del racismo, porque en ese momento en Argentina había profanación de tumbas judías.
Milner llega lejos en su deducción de la profecía de Lacan, difícil de rebatir a partir de la consistencia lógica que teje. Su posición apuesta todo: si hubo un hombre que predijo racismo en el siglo XX, Lacan, para el siglo XXI, eso debe entenderse como el racismo propio de este nuevo siglo, a saber, no tan solo odiar el goce del Otro, sino destruir la cuatriplicidad, destruir la relación hombre- mujer, y padres- niños. Como el nombre judío solo existe por esa cuatriplicidad (hay otras, pero tal vez menos sabias), el nombre judío depende de eso absolutamente, y podría ser, al menos en Occidente, el punto de referencia de una acción.
Miller, como psicoanalista, no le quiere dar ideas al progreso futuro, pero admite que en este punto habría lugar para profecías. Sí, creo en eso.
Solo me queda decir que en la profecía de Lacan queda un punto que es a deducir a partir de sus formulaciones. En la universalización del discurso de la ciencia, con sus efectos técnicos en la globalización de los mercados, con su imposición de un único modo de goce que sólo se sitúa como plus- de- gozar, con su arrasamiento de todos los antiguos modos de paliar el racismo originario del goce del ser hablante, y que ya cuestiona la cuadriplicidad y el “de generación en generación”, no puede sino surgir el llamamiento al significante del Otro como Nombre de Dios, queda hacerlo ex-sistir con sus imperativos más feroces, de los que tenemos antecedentes.
Un Alain Badiou se queda bastante calmo. Dios ha muerto, el religioso, el metafísico y el poético. Del religioso habrá algún retorno perimido, posiblemente criminal, pero bastará con “separar la política de los arcanos que rigen el poder del Estado” para quitarle asidero.[4]
Lacan no se queda calmo, y Miller tampoco, pensando la ferocidad de un Dios que vuelva a ex-sistir porque toma fuerza en el racismo.
Por eso, para terminar, ya que aquí hablamos sin preguntarnos por qué diablos decimos estas cosas, digo que me atengo a la respuesta de Lacan, a falta de algo más: las digo porque la escalada del racismo no es divertida.


[1] Lacan, J., “La agresividad en psicoanálisis”, en Escritos 1, Siglo XXI, 1988, p.113.
[2] Lacan, J, Autres écrits, du Seuil, 2001, p.534.
[3] Miller, J.-A., Le neveau de Lacan, Verdier, 2003, p.156-157.
[4] Badiou, A., Breve tratado de ontología transitoria, Gedisa, 2001, p.22.