El debate en torno a la condición humana: Sigmund Freud, su investigación y la discusión científica contemporánea

Carlos Jilmar Díaz Soler

No dudo que al destino le resultará por fuerza
más fácil que a mí librarlo de su padecer:
Pero usted se convencerá de que es grande la ganancia
si conseguimos mudar su miseria histérica
en infortunio ordinario.
Con una vida anímica restablecida
usted podrá defenderse mejor de este último.

Sigmund Freud [1895]

Así concluye Freud su ensayo “Sobre la psicoterapia de la histeria”; escrito que cierra la compilación Estudios sobre la histeria que vio la luz pública en 1895 y que, a su vez, reunió cinco historiales clínicos elaborados, unos por Freud y otros por su colega Josef Breuer. En palabras de Breuer y Freud, esta compilación recoge nuestras experiencias sobre un nuevo método de exploración y tratamiento de fenómenos histéricos.
Estudios sobre la histeria reúne artículos que dan cuenta de actos del saber, que sus autores no dudan en calificar de nuevo método de exploración y tratamiento. Textos en los que quedó consignado uno de los momentos de elaboración conceptual en Freud y, para nosotros, al tomarlos como eje de discusión, junto con otros aparecidos en este puntual período, se convierten en la posibilidad de rastrear inquietudes fundamentales que contribuyeron a orientar el quehacer clínico de Freud; en otras palabras, escritos que posibilitan comprender el quid de la sostenida orientaron de su trabajo; manifestación de su singularidad que nos permite entrever aspectos que contribuyeron a organizar su perspectiva analítica y la concomitante particularidad que fue asumiendo su práctica clínica, especialmente en dos de las aristas que, para él, asumió el inveterado problema del sufrimiento humano: la primera, el vínculo entre saber y sufrimiento, descubierto por Freud. La segunda, la persistente búsqueda de formalización conceptual que ya se evidencia en este temprano momento de su reflexión y que, como efecto, poco a poco, contribuyó a formalizar una práctica clínica con claros tintes de novedad académica.
Inscrito en un momento histórico caracterizado por las certezas que arrojaba la discusión científica sobre la histeria, estos textos dan cuenta de la postura de Freud en la discusión sobre lo humano, permitiendo entrever su especificidad. Partiendo de un ambiente extasiado por los significativos desarrollos de la anatomía, la fisiología y la neurología, sus trabajos investigativos muestran algo que hasta ese momento no había sido pensado y que, propio también de la condición humana, logró insertar en el debate intelectual contemporáneo, gracias a sus efectos en la práctica clínica y a su capacidad para formalizar sus hallazgos. Lo humano y su especificidad encuentran así un campo de investigación propio, determinado por la palabra, sus valores y los efectos, asunto que aún es motivo de sofisticadas elaboraciones teóricas y acalorado debate.
Las palabras seleccionadas como epígrafe sorprenden por que anuncian una diferente lógica de comprensión, frente a la ya establecida manera como era comprendida la histeria y asumida su clínica. Con ellas Freud nos asombra por la distancia que esboza frente a la manera como médicos y neurólogos piensan y actúan sobre las llamadas “enfermedades nerviosas”. Entonces ¿cuál es la novedad que representan estas palabras?, ¿cómo situar históricamente y conceptualizar epistemológicamente estos textos, buscando comprender los efectos que esa particular orientación nos legó, gracias al sostenido y minucioso trabajo investigativo de Freud?
Freud es heredero de una práctica clínica en la cual, como médico las enfermedades en general ya son concebidas como un conjunto de síntomas específicos que, una vez descritos, era necesario relacionarlas a una causa anatómica o fisiológica. Se buscaba reducir la diversidad de los hechos a la unidad de un principio. En el caso que fuese anatómica, se presuponía una lesión orgánica localizable. En el caso que fuese fisiológica, era necesario, entonces, asumirla como una disfunción fisiológica, es decir, era preciso relacionarla con su medio. Esta manera de asumir la medicina es consistente con el positivismo que, como postura filosófica, rechaza la metafísica y la teología [Canguilhem, 1978,75]; ésta doctrina filosófica aparece en el seno de la Ilustración del siglo XVIII y prospera en el siglo XIX, con los espectaculares triunfos de la física, la química, la astronomía y, como estamos entreviendo, también es asumida por la medicina. Desde esta perspectiva, en adelante, se discute con vehemencia la superstición de todo panteísmo, todo misticismo natural, toda mención de fuerzas divinas ocultas manifestándose en la naturaleza, ya que en variedad de contextos y durante muchos siglos, las enfermedades fueron consideradas como posesiones por parte de seres «malignos», o como el castigo inflingido por un poder sobrenatural a un vicioso o a un impuro; sólo actos de taumaturgia podían vencerlas. Es decir, la medicina comenzó a operar con presupuestos que buscaban establecer las causas de las enfermedades y los efectos de los remedios. Se buscaba leer en los hechos mismos, al margen de cualquier interpretación, la identidad física de lo fisiológico y lo patológico, con el fin de brindar a la medicina el estatus de una ciencia progresiva. En adelante, la observación no sería suficiente: “esa experimentación médica debe fundarse en el conocimiento de las leyes vitales fisiológicas o patológicas”, o, en palabras de Canguilhem [1965,141], la naturaleza sólo habla cuando se la interroga bien.
La experimentación para la medicina permitió verificar la teoría. Teoría y experimentación fueron asumidas como las dos caras de la misma moneda. En adelante, hablar de medicina experimental era decir que desde el inicio hay una orientación, ya sea por una hipótesis o por una teoría y, mediante experiencias, fue posible establecer la relación entre ambas. En este sentido, el método es formulado en el marco de la teoría en que se ha originado la investigación.
La práctica médica moderna se inscribe en la gradual disociación entre la enfermedad y el enfermo. En adelante, el enfermo es puesto entre paréntesis, como objeto dilecto del interés médico. Las enfermedades fueron así sucesivamente localizadas en el organismo, el órgano, el tejido, la célula, el gen, la enzima. Se trabaja intensamente para identificarlas en las salas de autopsia, en el laboratorio de exámenes médicos físicos (óptico, eléctrico, radiológico, escanográfico, ecográfico) y químico y Bioquímico [Canguilhem, 1989, p.36-37].
El ambiente académico en el cual Freud se formó e inició su trabajo investigativo estaba, entonces, cargado de la perspectiva positivista y se le guardaba a esta perspectiva un gran respeto académico. En consecuencia, a finales del siglo XVIII, gracias a este discurso científico se hacía temerario pensar que un loco era un ser maligno, poseído por el demonio; las causas de su desorden fueron buscadas en el funcionamiento interno del cerebro.
La incesante búsqueda de respuestas a sus preguntas lleva a Freud a la Salpêtrière, el mayor hospital de Europa, que albergaba entre cinco a ocho mil internos permanentemente. Trabajando y estudiando en la Salpêtrière, Freud estuvo en Paris desde octubre de 1885 hasta febrero de 1886. Mediante este contacto Freud se puso en el camino de la histeria y de la hipnosis. El encuentro con Charcot, el reputado neuropatólogo de la época, coloca a Freud en el camino de la hipnosis [Roudinesco: 1986,40]. Charcot, al tomar interés por la histeria y la hipnosis, bajo la idea de que la enfermedad nerviosa tenga su propia autonomía, renueva para la histeria el interés académico. No concibe su origen sin fundamento orgánico; en este plano es heredero de la tradición anatomo-patológico a la que añade los recientes descubrimientos en el campo de la fisiología de Claude Bernard. Charcot es tributario de una ciencia que asiste al arranque de las localizaciones anatómicas. El nacimiento de esta nueva época llena de esperanzas, en donde las teorías funcionalistas de sistema nervioso son predominantes, gracias al desarrollo de la fisiología y de la electrofisiología. Con osadía, Charcot había rescatado a la hipnosis de las manos de charlatanes, para ponerla al servicio de los propósitos de la curación mental.
Freud quedó sorprendido al ver a Charcot inducir y curar parálisis histéricas por medio de la sugestión hipnótica directa [Gay: 1989,75]. Charcot crea y suprime síntomas a partir de una palabra sugestiva. Muestra, más allá de la magia, que los fenómenos de la histeria obedecen a leyes; trata las observaciones clínicas como hechos y hace con ellas conjeturas neurológicas.
 Freud quedó encantado con el modelo de análisis para la histeria y la técnica que para su tratamiento presentó Charcot: la hipnosis. El encuentro de Freud con Charcot en 1885 le puso en el camino la idea de que la histeria es una afección eminentemente humana y que es producto de la particularidad humana: su intensa actividad psíquica. La hipnosis, como técnica para el tratamiento de estas afecciones utilizada por Charcot, así se lo indicaba.
Al aplicar este método a una serie de enfermos, se tropieza con dos dificultades. La primera: en palabras de Freud, “no eran hipnotizables todas las personas que mostraban síntomas inequívocamente histéricos y en las cuales, con toda probabilidad reinaba el mismo mecanismo psíquico”. La segunda: “debí tomar posición frente al problema de saber qué caracterizaba a la histeria y qué la deslindaba de otras neurosis” [Freud: 1895,264]. La importancia del método hipnótico, sin embargo, es posible vislumbrarla en dos sentidos: primero, la hipnosis era una forma de tratamiento que, a diferencia de la que se utilizaba en aquellos momentos, trataba la enfermedad mental por medio de palabras. En segundo lugar, la sugestión hipnótica, al ser efectiva contra ciertos síntomas, era también un efecto diagnóstico que confirmaba el origen psicológico de esos trastornos.
A partir de entonces Freud no busca conocer en lo conocido, se decide a hacer, a fabricar el conocimiento de la vida interior de los humanos. Está en el camino de iniciar una discusión sobre la condición humana y el «orden» que le subyace.
Pronto se percata que estas dolencias humanas no habían sido expuestas de esta manera, que lo humano y su particularidad es un enigma que se encierra también en la manera como tramita sus afecciones y que este misterio estaba sin resolver. Este problema colocó a Freud frente a preguntas de muy difícil solución: ¿Cómo habría de abordarse esa renuencia a recordar? ¿debía sugerirse o exigir de viva voz que se la depusiera? O, simplemente, ¿debía investigársela como a otro fenómeno psíquico?
Si los síntomas son de otra naturaleza, no se relacionaban con entidades corporales, entonces, ¿cómo orientarse para su clasificación? Y, la otra gran pregunta que se le impuso a Freud está relacionada con la clínica: si el enfermo fabrica señales, muestra, expresa, entonces, ¿qué lugar para el médico? Freud decide comenzar a recorrer el camino de la comprensión de estos problemas.

BIBLIOGRAFÍA

Bachelard, Gastón (1934), “La complejidad esencial de la filosofía científica”, en El nuevo espíritu científico, Editorial Nueva Imagen, México. 
Canguilhem, Georges [1965], “La idea de medicina experimental según Claude Bernard”, en Estudios de historia y de filosofía de las ciencias, Amorrortu Editores (2009), Buenos Aires. 
Canguilhem, Georges [1970], “¿Qué es una ideóloga científica?” En Ideología y racionalidad en la historia de las ciencias de la vida, Amorrortu Editores (2005), Buenos Aires. 
Canguilhem, Georges [1978], “¿Es posible una teoría de la curación?” en Escritos sobre la medicina, Amorrortu Editores (2004), Buenos Aires. 
Canguilhem, Georges [1989], “Las enfermedades”, en Escritos sobre la medicina, Amorrortu Editores (2004), Buenos Aires. 
Freud, Sigmund [1893], Charcot, volumen III, primeras publicaciones psicoanalíticas (1893-1899), Obras completas, ordenamiento, cometarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud, Amorrortu Editores (1976), Buenos Aires. 
Freud, Sigmund [1895], Sobre la psicoterapia de la histeria, Amorrortu. 
Freud, Sigmund [1925], Presentación autobiográfica, Amorrortu. 
Gay, Peter [1989], Freud, una vida de nuestro tiempo, Paidós. 
Roudinesco, Elizabeth [1986], La batalla de cien años. Historia del psicoanálisis en Francia. 1 (1885-1939), Editorial Fundamentos, España.